EL AMULETO

Un amuleto nunca es solo un objeto, es un pacto silencioso entre el deseo y la esperanza. En las historias que hemos leido de Mariana Enrríquez los talismanes aparecen como huesos pequeños de una fe que no necesita nombre —una estampita gastada, un anillo heredado, una piedra que alguien encontró en un momento de incertidumbre y ya no pudo soltar—. Les damos poder no porque creamos en la magia, sino porque necesitamos creer en algo que nos acompañe cuando la razón no alcanza. Esa fuerza que le atribuimos a un objeto cualquiera es, en el fondo, la fuerza que no nos animamos a reconocer en nosotros mismos. Por eso los amuletos sobreviven a generaciones enteras: guardan menos superstición que memoria, menos protección que amor.