EN COLOR

El color nunca fue decoración: era una forma de pensar el mundo con optimismo, y por eso a Wes Anderson le resultaría inconcebible su retirada silenciosa —del cine que hoy prefiere las paletas discretas, de la ropa que elige los neutros como refugio seguro—. En sus películas los amarillos mostaza, los rosas empolvados y los rojos de uniforme no adornan la historia, la sostienen: un mundo sin color es un mundo que ya decidió no sorprenderse. Vestirse o filmar en tonos apagados no es sofisticación, es una rendición estética disfrazada de buen gusto. Recuperar el color —en una pared, en un abrigo, en un plano simétrico— es un acto de resistencia contra la idea de que la seriedad exige tristeza. Un mundo saturado de color, después de todo, es apenas un mundo que todavía cree que vale la pena mirar.