UNA ÉPOCA

Nueva York, finales de los 70. El Chelsea Hotel todavía olía a pintura fresca y a poesía sin editar, y Patti Smith caminaba por el CBGB con una camisa de hombre y un libro de Rimbaud bajo el brazo. Era un mundo bohemio hecho de fotografías en blanco y negro, cafés donde se discutía arte hasta el amanecer y ropa que se robaba de los roperos ajenos antes que de las vitrinas. Había una ingenuidad hermosa en todo eso: nadie pensaba en el futuro como una amenaza, sino como un lienzo en blanco. El estilo no se compraba, se vivía: cuero gastado, flequillos negros, botas de trabajo y esa certeza silenciosa de que el arte y la vida eran la misma cosa.